sábado, mayo 05, 2007

segunDa vida :::::

Durmió la tarde, y entre sus sueños dio contigo
cuando llegaste la luna tuvo algún sentido,
no soy de nadie dijiste para estar conmigo,
si es por amarte, todo lo olvido, todo lo olvido

Cuentos Compartidos- Alejandro Filio


Era tarde, estabas cansada, y aún te faltaba para terminar.
Miraste la pantalla tintineante, callada puteaste un rato la nueva moda de poner wifi en cada metro cuadrado que construían, y no poder inventar alguna mentira convincente y poder dormir un poco.
Era mayo, era Nueva York, era el J F Kennedy y era un artículo que no te llamaba mucho la atención y tenías que seguir escribiendo.
Al final siempre era alguien: o tu jefe o los viajes o escribir.
Te miraste en el brillo de la pantalla; agotada sonreíste; recordabas cuántas veces habías soñado con convertirte en una “ciudadana del mundo” lejos de tu país, del cartuchismo e inocencia de Chile.
Ahora que tenías exactamente lo que tanto tiempo buscaste, todo te había empezado a joder.Analizaste tu pelo, era una maraña medio extraña y aunque era temprano, aún así te sabías guapa. Nunca fuiste del promedio, y no por tu belleza, si no simplemente porque eras consciente de tu normalidad y por lo mismo te hiciste especial.Era la ropa, la actitud, la mezcla de inteligencia y calentura por la que tantos hombres te habían hinchado un rato las pelotas. Habías enamorado, habías tirado, habías reído lo suficiente como para saber qué era lo que ellos y tú querías.
Y eso era lo peor: saber lo iguales que son, odiabas lo predecibles que son esa raza extraña, nunca monógama, siempre simple.
Seguiste divagando, tratabas de buscar cosas en qué pensar para evitar escribir.
Y los hombres te llevaron a pensar en tus últimos juegos de cama, y la cama te llevó al lugar donde nunca estuviste: la cama de él.Casualidad o no, empezaste a sentirte mal.Arcadas, movimientos sin control comenzaron a subir por tu cuerpo y se mezclaron con el sueño y los recuerdos.
Entre nervios y temblores inconscientes guardaste el notebook, intentaste hacerte la formal y entraste corriendo al baño.Vomitaste el desayuno continental y parte de tu pastilla anticonceptiva, y fue justo en el momento en el que viste la pequeña pastillita casi disuelta entre café y pan que decidiste volver a Santiago. No en 8 horas más como rezaba tu pasaje, sino ahora.Saliste del baño con un seudo ataque de risa, apagaste el celular y mandaste un poco al mundo a la cresta. Y entonces tomaste tu maleta cuidadosamente chica y chic, te arreglaste un poco el pelo y esa chaqueta con la que Rodrigo siempre te decía al oído que te veías exquisitamente tirable, y partiste al countter de American Airlines a registrarte.
Con un pasaporte un poco saturado, y la cabeza a punto de reventar, hiciste un Santiago- Nueva York casi automático.
Partiste al VIP de One World, agradeciste ser una periodista internacional sólo por un segundo y te tiraste (sí, casi literal) en un sofá demasiado blando y blanco y casi rogaste por un vaso de agua.
Entonces todo se hizo vidrio, mareos, gritos porque el muy hueón te había dado vuelta su café encima y mientras dedicabas un par de garabatos de antología te diste cuenta que el gringo no entendía nada. Y peor, no andaba solo: el sin-cama-ex pololo apareció en el acto.
Obviamente no te quedó más que cagarte de la risa: todo era demasiado surrealista para ser verdad.No puedo creer que cada vez que llegue a Nueva York, tenga la misma sensación de que han pasado demasiadas cosas mientras no estoy, mientras sienta que me perdí de la mejor etapa de mi vida.Me siento en este Kennedy que tantas veces me ha seguido los pasos, sigo a Chris con la mirada perdida; en cierta forma nos odiamos demasiado y sé que ese gringo está comenzando a darse cuenta que la reunión de semanas no fue más que un encuentro con su novia de años.Eso está claro: lo sabe y lo que es peor, se hace el hueón, pero un tipo de hueón que le queda muy mal porque todo el mundo sabe que los norteamericanos son violentos por excelencia.
Por eso es casi tragicómica la situación; porque aunque odie Santiago y odie a mi socio, tengo que volver con él a ese país a cerrar la firma de una nueva casa de eventos, y porque claro, aunque él no lo sepa, estoy tramitando los papeles exactos que me hagan terminar con esta sociedad anónima que de anónima ya casi no tiene nada.
Miro el clásico skyline neoyorquino, me imagino tomando algún trago en la terraza de algún hotel, y aunque se convertiría en el número 58 de mi historial, esta puta ciudad siempre va a ser todo lo que he querido.
Vamos directo al countter.Pasaje ida y vuelta Nueva York- Santiago de Chile.A veces el volver me deprime.Pero siempre, siempre llevo el slogan interior de “puta que valió la pena” con música de Sinatra de fondo y una rubia que me calienta un rato.
Suena el celular, dejamos las maletas y me doy cuenta que extraño a alguna mujer.28 años, ningún hijo, casi a punto de casarme un par de veces, muchas gracias estoy bien.
Entramos al ascensor, miro a Chris y me devuelve una sonrisa media cansada, nos dirigimos al clásico VIP ganado por una cantidad de millas que nunca noto acumular.
Entro, pido un whisky y en eso veo que una mina bien rica, bien chilena le grita a mi seudo amigo-seudo socio.Me acerco y entonces le sonrío medio irónico y medio en serio: la conozco, ella también me reconoce y se hace un poco la indiferente, y ahí, en esa risa, la misma risa de años me doy cuenta dónde vamos a terminar. Imposible quejarme.

Entre el hielo y los ademanes torpes del gringo tratando de limpiarte, nada se hacía menos perfecto que la imagen de tu ex.
Ex amigo, ex pololo, ex ahijado: todo venía en el mismo pack. Casi, casi 3 x 1.
Sigue sonriéndote con ese mismo aire ausente, lo mejor de él es que nunca sabrá lo guapo que se ve con esa actitud, sabes que no es pose, pero el hecho de que no sepa todo lo que atrae es un factor que te encanta.
Tratas de aparentar que no pasa nada, te ríes lo más natural posible y te aferras a tu abrigo para poder seguir un poquito más viva y con cara de “aquí no ha pasado nada”, cuando sabes que apenas llegues a Santiago tendrás que llamar a la mayoría de tus amigas para contar el inesperado encuentro.
Notas el silencio incómodo después de hacer las preguntas de rigor, notas también el desagradable recuerdo del documento de Word que espera dentro de tu computador para ser enviado en un par de horas más, por lo que tratas de hacer el momento lo más corto posible y optas por un sano “oye perdona pero tengo que mandarle un reportaje a mi editora urgente” que es captado de inmediato.
Algo que a Andrés nunca le ha faltado, es la ubicación que da el vivir de cierta forma en el tope de la escala social.
Imposible no recordar un par de buenos momentos, o las veces que entre burlas imaginaban un reencuentro de antología. Entonces sonreíste; cualquier cosa se acercaba más al desastre que el encuentro reciente.
Con hastío se va con su amigo a pedir un café, e inconscientemente los sigues con la mirada mientras intentas no tomar en cuenta el hecho de haber vomitado hace menos de media hora, que el pelotudo del gringo te halla tirado un vaso encima, y tener que escribir cuando estás en blanco.
26 años, 3 siendo periodista de una de las revistas más prestigiosas del mundo, atributo que debería ayudarte a sentirte segura sin que nada, ni nadie, menos un hombre, te venga a atemorizar.
Aún así, Andrés aún lo logra. A su manera, claro: ya aprendiste a controlar miradas inoportunas y comentarios que decían demasiado, y en cierta forma sabes que ya ha pasado demasiada agua bajo el puente.
Imposible no sentirte un poco culpable.
Entre tus sábanas blancas -manía heredada por tu madre- y tus rastros de sudor, debe estar durmiendo Rodrigo. Miras el reloj, aún es lo suficientemente temprano como para usar la hora como excusa de no llamarlo, y sabiendo porqué, te sientes un poco perra al mirar al par de hombres que siguen tomando un café y que te miran de vez en cuando de reojo.
Divertida, sostienes la mirada y coqueteas un poco. No estás precisamente en un after-hour, pero por el hecho de tomar ciertas actitudes adolescentes te dan ganas de gritar Hello New York, New York.
Buscas en tu bolso alguna sobra de algún rouge que sabes guardaste en algún lugar, pero sólo te sobran boletas y papeles que ya ni sabes porqué siguen ahí adentro.
Entonces, sin darse cuenta, mientras seguías buscando tu rouge y él intentaba no pensarte, comenzaron a dejar que el destino volviera a jugar con ustedes.

Dónde mierda dejé el pasaporte.
En el bolsillo, donde más.
Me siento un poco nervioso, atento, intentando controlar la situación.
Sé en parte porque me revuelve tanto la psiquis: el no haberme acostado nunca con ella es un tema que guardaba en pleno subconsciente y ahora salió a flote.
No me la tiré por maricón o por que no la quise, sino quizás porque la quise demasiado, y cuando ya se había ido lo más importante, aún quedaba el cariño que se supone que se siente por aquellas mujeres que de cierta forma te marcan para siempre.
Entonces divago.Comienzo a recordar momentos, cama, jadeos y ahí es cuando comienzo a recordarme.Dejo mi maleta en el suelo y me río de mi mismo.
Miro a Chris sin disimular mi odio, y creo que él me dedica una mirada parecida. No hay que ser experto para darse cuenta que mi ex minita le revolvió las hormonas al gringo.
En fin, puedo apostar que la sorprendí lo suficiente como para que esto no quede sólo aquí, y es que sé que nunca esperó que me volviera “normal”.Si defino normal, podría ser uno más de este mundo, incluso me podría confundir con los ejecutivos del mediodía y casi no resaltaría.Cuando pendejo siempre viví del carrete, del carpe diem y toda esa onda existencialista que tan bien me quedaba en aquellos años.
Intentaba no enamorarme, trataba de no arrepentirme de nada.La mayoría de las veces me resultó.
Y ahora, quien me viera todo un trabajólico decente, sí, productor de eventos, pero de terno al fin y al cabo.
Sé que ningún hueón que me halla conocido en aquél tiempo me habría creído si le hubieran contado lo lejos que iba a llegar.La verdad es que yo tampoco me lo esperaba.
Sigo analizándola.
Me coquetea.
Me pongo más cara raja, ya no vale mirarla de reojo.
Nunca me la imaginé así, que cinco años de no verla le harían tan bien, seguía conservando esa misma mirada irónica de siempre, quizás estaba un poco más delgada pero siempre con ese aire de diva que me fascinaba.
Es ella.Una de las mujeres con las que no me resultó el juego.Pero entonces adelante.
Let’s play. Estoy adentro.

Tratas de no hacerlo, pero mientras ves cómo se acerca es imposible no tomar un tono melancólico: en cierta forma ya te habías ilusionado con volver a sentirlo como antes.
Lo analizas, lo absorbes, tratas de encontrar en él la misma luz que te cegó tantas veces, esa puta luz que tantas veces intentaron apagar pero siempre reaparecía más fuerte que antes.
Habían pasado los años, pero eras la misma pendeja chora de siempre, la misma con la que él se curó tantas veces, la que lo puteaba de vez en cuando, la que recibió de regalo la luna, su madrina de confirmación, su ex polola, su mejor amiga.
Nunca fue del todo tuyo, pero sabías que Andrés te pertenecía más a ti que a nadie.
Secretamente siempre soñaste con que él fuera la primera persona con la que tiraras, despertar los dos en la cama inmensa de sus padres sin pensarlo mucho, recaer juntos pero que diera lo mismo las razones, los porqués, que compartieran el engaño pero dándose esos besos, esos besos que te cagaban, y que sabías que a él también porque cuando pasó, cuando por alguna u otra razón cayeron de nuevo y comenzaron a besarse sentías toda la espera dentro del cuerpo, y aunque después todo volvía a ser como antes, incluso peor, por lo menos ya podían conservar parte de ustedes en sus labios, en su saliva, en su voz.
Siempre supiste que era mejor compartido que rehacer tu vida, nunca fuiste lo suficientemente valiente para pedirle que no se fuera. Y es que la verdad es que nunca supiste que mierda sentiste por él.
Al final nunca tiraron.
Nunca se dijeron te amo.
Nunca sintieron más que amistad.
Así que optaron por callar.
La miraste largo.
Te acercaste como un viejo amigo, qué cresta te pasaba deja de jotearla, la Antonia esperándote en Santiago y tú cagándote de miedo por encontrarte con una mina que no veías hace tiempo. Qué estupidez.
Miraste de lejos al gringo y te reíste. Esta vez, las cartas estaban jugadas de hace tiempo Chris, so sorry.
No sabías de qué conversarle, pero fue todo tan idéntico como antes.
Los mismos gestos, las mismas frases cargadas de sentido: con ella cualquier garabato o calificativo siempre tenía segundas intenciones.
Era genial notar la misma mirada de locura, y mientras escuchabas sus típicos intentos por mostrarse inteligente, te fuiste dando cuenta de cuánto la extrañaste durante todo ese tiempo.
Entonces te enfriaste; a ver hueón, si todo esto está pasando es para un polvo memorable y punto. Deja de hacerte el niñito bueno y de ponerte mamón, acá las cosas no pasaron porque no debían pasar, tú tienes a tu novia en tu casa, esperándote, y esto es algo pasajero así que deja de lado cualquier recuerdo.
O por lo menos, inténtalo.

A las buenas costumbres nunca te acostumbraste, por lo que preferiste dejar que él hablara y no preguntaste nada mientras te contaba de su vida, mientras trataba de resumir cinco años en cinco minutos.Era extraño: ese hombre pasó tanto tiempo dentro tuyo, y ahora era tan ajeno.Con él nunca se dijo nada porque el silencio siempre lo dijo todo.
Su nombre, Andrés, te sonaba en tus oídos como una broma de mal gusto.Desde que se conocieron siempre fantaseaban con algún reencuentro donde pudieran dejar de lado sus excusas, pero no contaban ni con tu argolla de compromiso, ni con su polola, ni menos con que el tiempo que esta vez no había pasado en vano.
Se quedó callado, pero sólo para tomar un sorbo del café y seguir mirándote casi descaradamente.
Sabías que le impresionaba la coincidencia, el destino, sabías también que por dentro recordaba todas las veces que se tocaban buscándose, desesperados por que los ahogaba la espera, entonces cerraste los ojos y recordaste cuántas noches te dormiste esperando que alguno de los dos se atreviera a dar el primer o el último paso.Nunca habías cerrado ningún ciclo; los dos sabían que vivían de un círculo vicioso.
Después de él hubo muchos, y tienes claro que después de ti (¿después o antes de qué?) para Andrés le deben haber sobrado las mujeres que compartieron una noche, un mes, un año, pero había algo que ahora, viéndolo de frente recordaste: todas las preguntas, todos los cuestionamientos que te produjo haberlo amado.
Sólo que esta vez era diferente, sabías que iban a dejar las preguntas de lado y el coqueteo terminaría en una noche. Nada más.

Se me pasaban mil imágenes por la cabeza; ella desnuda, ella callada, ella al lado mío despertando, la Antonia en mi cama, y entonces le pedí que me esperara un minuto, y mientras terminaba de mandar su famoso reportaje, yo le inventaba a Chris alguna mentira convincente para retrasar la vuelta a Santiago.
Pero no fue necesario.Se acercaron un par de azafatas; por problemas de mal tiempo nuestro vuelo iría directo a Buenos Aires, y ahí esperaríamos unas horas para hacer trasbordo hacía Chile.Un par de horas perfectas, qué mejor.Seguí a la azafata, entonces se dirigió a ella y supe que íbamos en el mismo viaje.Le sonreí un tanto consternado, ella me miró casi indiferente y siguió escribiendo concentrada.
Supongo que era la mejor forma de disimular los nervios.
Cerré los ojos, estaba agotado.
Trataba de no recordarla, pero todo era tan extraño que sentía que era una obligación rememorar lo vivido para no olvidar a la mujer que tenía al frente.Entonces por un momento volví a ser feliz, a tener 20 años y toda la vida por delante. Y es que cómo olvidar las miles de peleas de cabra chica, esa cara de rabia y odio que tanto me encantaba, los besos que siempre fueron clandestinos, callados, esos besos perfectos que escondíamos por miedo a quedar marcados para siempre.
Sus frases de niña grande, sus conversaciones de temas que nunca pensé que una mujer podría saber, los sueños con los que me despertaba medio mareado ante la imposibilidad de olvidarla, de mandarla lejos… Sus carcajadas cuando la hacía reír, las veces que me consoló cuando terminaba alguna relación, los mails que le mandé contándole mi vida y que secretamente agradecía que fuera ella quien lo supiera, quien guardara ese secreto y lo escondiera dentro de su alma.
Cómo olvidar el día en el que su mano siguió la mía, y es que secretamente sabía que en gran parte su forma de vivir la fe había sido la razón de confirmarme, me acerqué a Dios porque gracias a ella sentí que me acercaría a mi mismo. Su ropa, esa manera de calentarme pero de dejar claro que todo quedaba ahí; su forma de ver la vida a través de sus ojos, sus canciones, sus libros donde sacaba frases que después me sacaba en cara,
todas las noches en la que nos curamos juntos, en las que dependíamos del taxi de mi papá, todas las veces que me tragué besos porque no podía dejar de quererla a mi modo.
Muchas veces la odié, me cansaba su pose de niñita santa cuando sabía que era lo más lejano a eso, sus lapsus moralistas, incluso su poca capacidad de ser realmente libre, sus discursos, sus preocupaciones, cómo no odiar los mensajes que mandaba en los minutos que menos esperaba; odiaba que fuera ella la que me sorprendiera y no yo.
Abrí los ojos.La misma mujer estaba al frente mío tratando de no mirarme ni demostrar que le importo. Lo sé porque la conozco lo suficiente para intuirlo.Entonces dejo de dudar. Ya sé con quién quiero pasar esta noche, y las próximas noches de las próximas vidas. Y no es precisamente con la Antonia.

6 AM, miras para el lado y sabes qué vas a encontrar.Por lo mismo, prefieres cerrar los ojos y no abrirlos hasta poder reestructurar lo que pasó.
Okey.
Se subieron al avión, intuyendo lo que podía pasar. Todo te quedó más que claro cuando ves entrar a Andrés al sector Bussines. Se acerca de forma casual, con la misma actitud risueña, y tú intentando no mentir demasiado tratas de ocultar tu argolla de compromiso. No resulta, si antes no lo había notado, ahora la escasez de temas en común le obliga a comentar si estás casada.Respondes con un no escueto, con él siempre jugaban a vivir dos extremos: o se contaban todo, o no se decían nada.En este momento, en el que tu casi esposo se despertaba para ir a trabajar, y tú soñabas con otro amanecer, supusiste que no era el momento para empezar a contarle detalles de tu vida.Sí, llevo casi 3 años.
En 2 meses más, en la iglesia de Los Trapenses.
¿Porqué no te invité? Ehh... porque no sabía nada de ti...Entonces llega el silencio incómodo.Intuyes que tampoco está solo, y es que aunque le costaba comprometerse, siempre lograba mantener a alguien a su lado.
Los dos se quedan callados, sabes que se quedó en blanco ante tu inesperado matrimonio, pero sonriendo esperas el próximo paso, entonces hace la pregunta que esperabas escuchar desde que lo viste en aquél aeropuerto: “¿Te tinca ir a tomarnos algo?.”
Desde ese punto, recuerdas cosas vagas.
No porque te hallas curado o algo así, sino porque preferiste guardar los mejores momentos de aquel día, no vaguedades que no te ayudarían a recordar lo más importante.
Sabes que llegaron al Aeropuerto, que se bajaron y que Chris, como se llamaba su amigo-socio, partió a un Hotel a dormir un rato. Dijo algo como que esto llegaba hasta ahí, que lo llamaba.Por la indiferencia de Andrés, supusiste que no era nada importante.
Entonces como si nada te tomó la mano, se hizo el hueón porque no quedaba otra, y fueron a buscar un taxi.
Tú simplemente lo seguías, sentías que cualquier palabra hubiera roto el momento, a esas alturas casi todo parecía de cristal.
Miras por la ventana, le conversas al taxista, haces cualquier cosa para que la presión que sostenían en la mano no se aflojara, para que no empezaras a replantearte motivos o llegara la culpa.
Entonces te das cuenta a donde van y donde van a terminar. Y te sientes feliz. Por fin estarán tan cerca como tan lejos.

Pasaron Entre Ríos, 9 de Julio, y siguieron bajando por Corrientes hasta La Recoleta.
Entonces lo pudiste mirar, sólo porque ya estaba amaneciendo y sabías que esa luz blanca le quedaba tan bien.
Sin pensarlo mucho, te acercaste y apoyaste tu cabeza cansada en su hombro, sentiste ese espacio de su cuerpo que tantas veces te acompañó en los peores momentos, en cierto modo sentiste cómo volvías los años atrás y seguían siendo esos adolescentes que jugaban a escaparse del destino.
Bajaron a un café, al final entre el sueño y la hora optaron por tomarse algo caliente.
Le sueltas la mano, tienes miedo de que la distancia se haga gigante, ruegas que no te pregunte nada que no sepas responder, y te sientas en la mesa más próxima a la puerta de entrada. Quizás, sólo por si en algún momento tendrías que escapar.
Pero fue cualquier cosa menos eso.
Nunca miraron el reloj, y es que el tiempo se les pasó volando.
Conversaron, comentaron, se rieron y cuando el cuerpo se les hizo demasiado innecesario y las anécdotas empezaron a repetirse, pediste la cuenta y se miraron con aire cómplice.
Sin saberlo, ambos sabían donde iban a terminar.
Entonces por primera vez en tu vida tomaste la iniciativa, paraste un taxi y le diste la dirección del Hotel en el que te habías quedado la última vez que Buenos Aires se te había hecho demasiado cercano, demasiado especial.
Esta vez iban callados, pensativos, nerviosos.
Llegaron, entraron al lobby tratando de no mirarse demasiado, y subieron de inmediato a la suite principal. Si iba a ser un reencuentro, que fuera lo suficientemente bueno como para ser recordado para siempre.
Él pidió una botella de Bailey’s, tú por mientras rogabas que no pasara nada, que se quedara callado, tratar de retroceder el tiempo y simplemente no encontrarse jamás, pero en cambio ahí estaba él, tan tranquilo, tan especial.
Apenas llegaron las copas y la botella, se pararon a recibirla y toparon.Cerca, lejos, se sintieron por primera vez en mucho tiempo demasiado seguros para decir la verdad.
Entonces se les fue el tiempo, la distancia.
Levantaron las miradas, se miraron por última vez a los ojos, y no pudieron evitar un beso que ya se esperaba hace demasiado tiempo.
De ahí para adelante, todo fue como nunca esperaste que sería.
Su piel, tu piel tocándolo y tratando de no olvidar esos surcos, esa forma de amarlo en silencio. Ambos callados, abrazando el recuerdo, besándose con rabia porque era tanta la espera, tocando lugares que no creían conocer, evitando mirarse a los ojos porque sabían que si lo hacían no se irían nunca más, y se quedarían juntos para siempre.
Lo sentiste tan tuyo como nunca fue, su mirada era eterna, sus labios daban los mismos besos de antaño, esa fusión tan extraña de lenguas, pelo y piel que aprendieron a jugar y que les quedaba tan bien.
Y pasó.
Por primera vez hicieron el amor.
Y lo intentaste, valla que trataste de quedarte callada, pero no pudiste ahogar el llanto que subía por tu garganta y amenazaba con salir a chorros por tus ojos.
Y aunque no lo esperabas, él también lloró.
Sabías las razones, pero sólo dejaste que te acercara a su hombro y sus lágrimas mojaran tu pelo. Te dejaste querer, te decía cosas al oído que sólo ustedes dos entendían, trataban de secarse las lágrimas pero entonces volvían a reírse e intentaban desesperados espantar a la tristeza.
Te aferraste a sus brazos, y él tiernamente te dio un beso en la frente, te miró directo a los ojos y te dijo en silencio un te quiero tan callado que casi no lo escuchaste.Sintieron como toda la luz del mundo se quedaba en su cama, entonces callado, ausente, te abrazó entre las sábanas y se quedaron dormidos mudos, dolidos de tanto amor, recordando cada segundo que acababa de pasar, tratando de adivinar quién sería el primero en desaparecer en un par de horas más.
Cómo siempre pasaba cuando lo habías visto en el día, soñaste con él.
Estaban tan cerca, tan felices como en un día como hoy.
Pasó una hora, dos horas, casi medio día pero tú simplemente dormías soñándolo.
No te diste cuenta, pero inconscientemente despertaste tratando de no abrir los ojos tan rápidamente.
Te tocaste, seguías desnuda en aquella habitación de aquél hotel, y aunque sabías que no habría nadie a tu lado si te corrías un poco y alargabas tu brazo, trataste de evitarlo y hacerte la dormida.
Después de algunos minutos, no pudiste seguir disimulando, y entonces abriste los ojos.
Al lado tuyo, casi como una caricatura cómica había un papel doblado.
Lo sabías, se había ido.
Con manos temblorosas trataste de desdoblar los pliegos y entonces las lágrimas comenzaron de nuevo a caer, pero esta vez fue entre medio de una sonrisa eterna. Leíste:
“Nunca me vas a pedir que me quede, ¿cierto? Así que por eso me voy. Lo hago yo para que me duela menos, tú puedes seguir soñando con lo que nunca va a ser.
Mira para afuera, ahí está la mejor prueba de que seremos los mejores desconocidos por conocer… gracias por regalarte así, gracias por esta noche inolvidable, gracias por darme lo mejor de mi vida., Andrés”
Te paraste, y extrañada notaste las sombras: era noche.
Te asomaste al balcón, y entonces, entre nubes apareció el mejor regalo de todos: esa luna maravillosa que los acompañó durante tantos años.
Ya sabías que no iba a volver, pero se había quedado contigo para siempre.
Y no pudiste más que sonreír.

1 comentario:

Tamara dijo...

Sorry por lo barsa... pero es que amé lo que escribiste.
Me emocionó
Saludos!